Desde muy pequeño mi padre me enseñó que en esta vida hay que trabajar arduamente para conseguir lo que deseamos, sin importar el tiempo que nos tardemos en cumplir nuestros objetivos nunca hay que rendirnos. “Los guerreros luchan y los vencedores perseveran”, me decía mi viejo, quien desde muy pequeño tuvo que salir a trabajar para ayudar económicamente a su familia y no ha parado por 40 años, todo un ejemplo a seguir.

Sin embargo, hay ocasiones en las que el cuerpo y la mente flaquean debido a que no logramos estar donde queremos en un lapso corto o mediano de tiempo, pues podemos llevarnos más tiempo de lo que creemos. Esto me sucedió al inicio de mi carrera profesional, pues aunque trabajé en talleres automotrices desde que estaba en la preparatoria, al terminar mi carrera universitaria y me gradué como ingeniero automotriz no lograba entrar en una de las organizaciones más reconocidas de esta industria. Al inicio me consolaba con pensamientos como que debía empezar desde abajo e ir forjando un nombre, pero conforme pasaban los años, cada 365 días sentía como el látigo de un demonio guardián del infierno de Dante me golpeaba en el alma, provocando dolor y frustración.

Inicie en pequeñas y medianas empresas como aprendiz, incluso haciendo trabajos que no me correspondían como colocar los flejes de acero en la carga de algunos camiones de nuestros clientes. Lograba escalar en las posiciones jerárquicas de cada una de las empresas, pero llegaba un momento en el que me estancaba, pero seguía dando lo mejor de mí aunque sabía que ya no había posibilidad de subir, incluso en conocimientos ya no podía aprender. Así que después de tres años en mi primer trabajo me cambié, según yo para crecer, pero resultó lo mismo, otros dos años en el mismo puesto sin tener la posibilidad de ascender.

Mi tercer empleo fue en una empresa más o menos conocida, donde me dijeron durante mi entrevista de trabajo que empezaría desde abajo pero me garantizaban que la posibilidades de ascender y aprender eran infinitas, pues me enviarían a cursos, viajes con clientes, entre otras muchas promesas que sí cumplieron. Mi conocimiento se incrementó a la par de mi habilidad y de ser uno de los mecánicos de menor rango, me convertí en jefe de área, después en asesor y le siguió la de supervisor general. Después de éste último puesto seguía ir a corporativo, pero pasaron los años y nunca llegó. Me estaba desesperando y quería tirar la toalla y conformarme en el lugar donde estaba, dando lo suficiente para sólo hacer las cosas bien.

Tras 6 años en esa organización, más los cinco en mis dos empleos anteriores, ya sumaban 11 sin poder llegar a una de las grandes empresas, pero cuando mi alma estaba por los suelos sin querer levantarse, mi celular sonó, General Motors se había interesado en mí y me daban el puesto de ingeniero en desarrollo, lo cual acepté sin pensarlo dos veces. Ahora trabajo en Estados Unidos y me traje a mi familia, pues sin ellos no hubiera logrado estar donde estoy ahora.