Después de muchas horas de viaje entre avión y automóvil, vimos un letrero que decía ‘Homes for sale in San Diego’. Era un barrio que apenas estaba siendo poblado, con casas rústicas pero de alta gama, donde familias latinas y estadounidenses convergerían. La unió me parecía exquisita, pues aquel país es muy conocido por su multiculturalidad y que mejor que demuestre unión que juntando a diversas razas. Hace tiempo que tenía en mente irme a Estados Unidos, ya no soportaba la idea de exponer a mi familia a la delincuencia que se vive en México, y cuando se presentó la oportunidad de cambiarme de país por parte de mi empresa, la acepté sin pensarlo.

La casa que había elegido se veía preciosa, con un jardín inmenso en frente, una puerta de madera que resaltaba por sobre el color blanco de la fachada. Estaba enamorado, pero todo encanto terminaría por diluirse con una simple acción, una acción que me llenaría de rabia, de tristeza, de sentimientos encontrados. Lo peor es que yo no sería la víctima, sino mi hijo de tan sólo 11 años y mi hija de nueve.

Cuando bajamos del auto, saludamos a la persona que nos guiaría por la casa y el vecindario, se presentó y respondimos el gesto, así que proseguimos hablando de lo que íbamos a hacer hoy y el tiempo que aproximadamente nos tardaríamos. Fue cuando un grupo de chicos de unos 15 años se acercó y en inglés nos dijeron: “Aquí no queremos mojados, sólo estadounidenses”. Los primeros en decirlo eran dos chicos que tenían pinta de ser cien por ciento americanos, pero uno de ellos, que era de cabello oscuro y menos blanco que los demás dijo en español: “Sí, sólo norteamericanos”. Lo que me llenó de rabia fue que el jovencito que nos habló en el mismo idioma parecía ser mexicano, y aun así se sentía superior por haber nacido en el país de las barras y las estrellas. Fue en ese momento que decidí abortar la misión.

No iba a regresar a México, ya había hecho un compromiso con mi empresa, pero me retracté e vivir en dicho vecindario, pues si alguien que es mitad mexicano gracias a sus padres nos insulta de forma despectiva, significaba que sus padres eran iguales o peor y que es lo que había aprendido en sus hogares. Cuando le comenté la situación a la señorita, ella me dijo que se le hacía extraño que Mathew haya dicho eso, pues sus padres llegaron de mojados aquí y había logrado ser aceptados después de años de trabajo.

Vaya ironías de la vida. Me disculpé mentalmente por haber denigrado el trabajo de sus padres al enseñarle valores, pero quizá era su culpa, por dejarse manipular por sus amigos y querer sentirse dentro del grupo, donde nunca había estado ya que seguramente siempre ha sentido cierto rechazo por ser hijo de mexicanos. No quise que mis hijos estuvieran expuestos a malas influencias, así que buscamos un nuevo lugar para residir.